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Asesinos de novela Una galería de los más famosos criminales literarios César
Borgia El
fundador del clan, don Rodrigo, ya aclamado cardenal de la iglesia, pierde
la cabeza por la mujer que le lava la ropa, la bellísima, muy rubia y
escotada Vanozza, llegando a olvidar
sus obligaciones sacramentales repetidas veces, hasta que finalmente en un
descuido, queda embarazada. El buen hombre, un verdadero caballero, la
instala en un palacete romano donde
con el tiempo, tendrá cuatro hijos: César, Juan, Lucrecia y Jofre. El
cardenal, de día atiende los asuntos celestiales y de noche, como buen
padre solícito, viene a jugar con los chiquilines sobre sus rodillas.
Estamos en Italia!, estamos en una época donde el hombre se ha liberado
de muchas presiones ascéticas y quiere disfrutar de la vida, liberarse
por el conocimiento, aprovechar el ahora entendido brevísimo paso por el
mundo. Nadie se escandaliza demasiado por las correrías de Don Rodrigo.
La mayoría de los cardenales, de los religiosos, andan de cama en cama,
mantienen cohortes de hijos naturales y se entregan sin vergüenza a los
placeres terrenos. Viva la vida! Mientras no se descuiden los peligrosos
asuntos que tienen entre manos los cardenales. Porque así como la riqueza
y la cultura florecen por todas partes, Italia es un descalabro, un
verdadero manicomio. Los
tribunales de la época, admiten la legitimidad de la venganza. No era
raro que por un asunto de ganado, un conde sea capturado por el
damnificado, desollado vivo, cortado en pedazos y arrojado a los perros.
Todo el mundo está de acuerdo con la cordura de asesinar por razones de
estado y pululaban los homicidios por encargo, siendo muchos de estos
sicarios, miembros de la iglesia protegidos por la investidura. Así los
cosas, todo el mundo anda temiendo emboscadas, traiciones, perder sus
bienes y sus vidas. La gente se asombraba cuando llegaba a vieja, tal era
el caos y la violencia de la época. En
este mundo de genios y bestias, crece César Borgia, ya de niño llevando
un estigma dramático. Su hermano Juan es sin dudas, el favorito de su
padre que no se cuida de disimular en nada esta preferencia. Como
en toda familia patricia, para un jovencito hay sólo dos destinos: las
armas o la púrpura de la iglesia y César, quien se destaca en todos los
deportes, que maneja espadas antes de saber caminar, que gana todo torneo
con armadura y anda con sus halcones
de caza por el bosque eliminando zorros, sueña por supuesto, con ser
soldado. Pero, Don Rodrigo tiene en mente otro plan. Juancito, para el ejército
y César, a estudiar como rata de biblioteca: Derecho canónico y profano,
ciencia política, diplomacia, un verdadero infierno para el joven
deportista. Así que el pobre César, se lo pasa de facultad en facultad,
de biblioteca en biblioteca y condenado ni más ni menos que a llevar
sotana. Mientras tanto, Juan, montado en su corcel adornado con
esmeraldas, ya tiene al mando ejércitos y responsabilidades militares y
se pasea orgulloso por las calles de Roma haciendo morir de amor a las
chicas. César,
como le pasaría a cualquier persona sensata, se enferma de envidia. Pero
ésta, a la larga, no se resolverá como cualquier disputa entre
hermanitos celosos. En
el año 1492 la familia Borgia se conmociona hasta la médula. Don Rodrigo
recibe un ascenso, ni más ni menos que a Papa. Es el mismo año donde
ocurren grandes sucesos: echan
a patadas a los moros de Granada y deben abandonar su último reducto en
la soleada España. A todo esto, un tal Cristóbal Colón, siguiendo una
alocada hipótesis sobre la redondez de la tierra, sale hacia la India en
un desquiciado viaje hacia el oeste, en vez del cuerdo camino del este.
Para estas fechas, años después, los historiadores decretarán el fin de
la edad media y el comienzo del Renacimiento. Pero
en todo este maremagnum, los Borgia tienen problemas mas bien cotidianos.
Lucrecia, la pequeña hija del ahora Papa, que tiene sólo trece años,
fue prometida en matrimonio a Giovanni Sforza, quien por hache o por be,
dilata la consumación de la boda. El asunto le cuesta al Papa la bonita
suma de 30.000 ducados, que bien desenfundados de su billetera, mueven las
dudas del pretendiente hacia lo que será un matrimonio desgraciado. El
esposo se escapa cada vez que puede con cualquier excusa y la deja sola y
triste, cosa que irrita muchísimo al Papa, hasta el punto que en cierto
momento, lo declara impotente y anula el matrimonio. Don Sforza, llega a
tener la vena tan hinchada con esta humillación, que se dedicará a decir
por todos lados que el Papa es el amante de Lucrecia. Ya desde entonces y
por los siglos que vendrán, a los Borgia los acusan de todo tipo de
descalabro familiar. Que César es amante de su hermana, que esto que lo
otro, están en boca de todos con estos asuntos del incesto. Pero
los chismes pasan a segundo plano porque ocurre un acontecimiento dramático.
El rey de Francia, Carlos VIII, reclama la soberanía del reino de Nápoles
e invade Italia con una armada hasta la fecha nunca vista. Trae unos cañones
aterradores que llegan a disparar una vez cada tres horas, récord
absoluto en la ciencia militar de todo los siglos. César,
que por entonces andaba enredado en un romance antológico con una fatal
pelirroja llamada Fiammeta, recibe la orden de su padre de
iniciar una misión desagradable y debe partir hacia una embajada
en Nápoles, para arreglar los asuntos de ese estado. Allí, lo espera
Ferrante de Aragón quien
gobierna y que es un
bruto sádico que encarcela a sus barones para robarles los bienes, los
encierra en celdas exiguas y los va a visitar para divertirse con los
gritos, después los estrangula y los embalsama. Ahí va a César a
negociar una alianza y debe
admirar su colección de momias con toda cortesía mientras discute de
alta política. No es fácil la vida del hijo del Papa y encima, sus
infalibilidades políticas se muestran un fiasco. Se le caen todas las
alianzas, todas las ciudades italianas, no quieren saber nada con los cañones
del rey Carlos y prefieren someterse, mandando de paseo a las directivas
de Roma. Para
colmo, los franceses, al llegar a Italia, descubren la promiscuidad en que
viven los cardenales y hasta el Papa y quedan espantados. Piden su
destitución. La cosa es un desastre para los Borgia. El Papa se refugia
en un castillo y debe entregar a César como rehén al rey de Francia.
Pero aquí, en este tropiezo, comienza a brillar realmente su estrella.
Mientras los franceses se distraen con los recuerdos de las noches
lujuriosas pasadas en Nápoles con las bellas italianas, César se escapa
y organiza una resistencia inteligente. Limpia el Vaticano de la ocupación
con una matanza y se convierte en un héroe popular. A todo esto, a los
franceses los empieza a atacar el llamado mal napolitano, que no es otra
cosa que la sífilis y Carlos VIII, acosado por estas cosas, empieza a
extrañar su patria. Es la hora de César. Quien
primero paga los años de resentimiento es su hermano Juan, que aparece
misteriosamente muerto en el río con la garganta rebanada. ¿Quién fue?
El asunto es que César ocupa su lugar como comandante de los ejércitos
papales y se dedica a conquistar la Romaña, liquidando uno por uno los
barones, príncipes y demás opositores. La regla enunciada por Maquiavelo
luego, acerca de que para conservar un estado conquistado hay que liquidar
a su descendencia, está al parecer tomada de los principios que aplicaba
César en esta zona. Pocos se salvan y los que lo logran, son invitados
amistosamente a cenar en un palacio, para arreglar las pequeñas
diferencias y charlar tomando vino con el amable César Borgia. Ni falta
hace decir que esos ricos vinos italianos, estaban servidos con abundante
veneno y que la mayoría de los comensales, no llegaban a hacer la digestión
de los manjares degustados. Así, César, sueña con conquistar toda
Italia. Condiciones no le faltan. Pero el diablo o Dios, mete la cola y el
Papa, su padre, muere de repente de un ataque. El sueño se evapora, César
debe escapar y refugiarse con su cuñado, donde pasa así como así, de
futuro rey de Italia a simple soldado de un principaducho minúsculo,
donde muere finalmente, por supuesto en fiero combate. Cae
así, quien inspiró una leyenda y hasta un tratado inmortal de ciencia
política donde se explica que los príncipes, no deben evitar ningún
medio para llegar a sus fines, que más vale ser temido que amado y que el
homicidio es materia necesaria como arma política. La historia tendrá
dificultades para olvidarse de César Borgia, quien aspiró a tanto e
inspiró a muchos otros en el difícil arte de retener el poder de
cualquier manera que sea.
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