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Asesinos de novela Una galería de los más famosos criminales de la literatura El nido de víboras, de J. Hadley Chase El Sr. Hamel no es el escritor típico de nuestro medio abúlico. Ha conseguido millones de dólares por cada una de sus novelas y ahora, refugiado en un barrio de magnates de la Florida, intenta rehacer su vida amorosa con la sensual e insípida Nancy. Sin embargo y como sucede siempre, no son felices. No sólo Mr. Hamel padece una seria impotencia, si no que sorpresivamente, sospecha de su mujer y la hace seguir por una agencia de detectives. Entra entonces en escena Bart, un típico buscavidas americano, quien alterna entre su trabajo de investigador profesional y el chantaje. Alcohólico, materialista y con necesidad de conquistar a toda mujer para probar hombría, nuestro sabueso sigue a la esposa del escritor de la clase de tenis al yate y de ahí a sus tertulias aburridas sin encontrar la más mísera, la más insignificante infidelidad. Sin embargo, invitando a tomar cerveza a un informante del puerto, comienza a armarse una trama siniestra. En uno de sus paseitos en el velero, Nancy enfila hacia unas islitas de ensueño donde al parecer, se enamora de los amaneceres sobre el Caribe. Sin embargo, Bart descubre allí un acampante, quien resulta ser un terrorista acusado por el F.B.I. Convencido de que el asunto pasa por matar a Mr. Hamel y quedarse la tierna parejita con sus millones, arma un chantaje que sale para el diablo y se mete en líos. Sin embargo, la verdadera asesina resulta ser una hermana gemela de Nancy, quien no tiene el más mínimo escrúpulo y que es el verdadero amorcito del pone- bombas de la isla. La niña, de una dulzura increíble, quiere conseguir plata para financiar asesinatos en masa, homicidios políticos y otras beldades, para lo que no evita amasijar a quien se le cruce. Como la mayoría de los gemelos, Nancy y Lucía juegan a las identidades cambiadas y a no ser reconocidas mutadas cada una en la otra. El fondo del asunto, como en toda verdadera novela negra americana, es un maletín lleno de plata con el que todos quieren quedarse. El pobre Hamel, quien no sólo debe lidiar con crisis creativas que lo dejan sin ideas en mitad de un libro, con un editor maniático que lo apura, con un público que mientras consume sus libros lo observa como un psicópata pervertido, si no que además, tiene una cuñadita asesina. Puede pasarle a cualquiera, uno tampoco elige a la familia política, pero el pobre Hamel está auténticamente sentado sobre un nido de víboras venenosas. Los ricos, tampoco son felices, sólo que pasan sus desventuras en casas de ensueños comiendo sándwichs de langosta y pensando todo el tiempo como hacer para que no los descuartice su propia parentela.
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