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Asesinos de novela Los susurros de la maldadProtegido por Ley 11.723, puede ser reproducido sólo con permiso de Asesinos de Novela, solicítelo escribiendo a nuestro contacto.
Quiero
decirles, antes de apoyar el arma cargada sobre mi cabeza, que voy a
matarme pues me creo irrecuperable del todo. el mundo andará mejor cuando
a mí me cubra definitivamente la tierra. Escribo
estas líneas también, para que sepan que algún indicio de cordura
sobrevive siempre, hasta en el extravío más completo de las emociones y
del pensamiento, para que no se abalancen ahora los que descreen del
hombre a mencionar mi caso como uno de los buenos motivos para considerar
a la especie humana como una fiera más, oculta bajo un tenue maquillaje
de cultura. Pendiendo de un hilo, el soplo de lo divino permanece. Mis
bienes, no se los dejo a nadie, ni a mi mujer, ni a mis hijos, por que de
ellos no recibí nada y hace rato que dejé de esperar algún gesto de
verdadero cariño, de desinteresado acercamiento. Le bastaría a
cualquiera verles la cara de avidez para compartir mi decisión en este
aspecto y acompañarme en la necesidad de una represalia postrera. Que se
los queden los huérfanos o las monjas, no faltan en nuestro mundo seres
que esperan tiritando en una semioscuridad helada quien les lleve un
bocado o una manta. Que los buitres salgan a buscar su propio sustento,
que no esperen alimentarse sobre los despojos de su padre. Así es mi última
voluntad y me consuela este tardío acto de justicia. Cuando pienso en el
derroche en el que viví, en las fortunas que dilapidé en suntuosidades,
se me hiela la sangre. Los cuadros por los que sentí pasión y que
atesore, tenían aún un justificativo noble en la exaltación de los
sentidos por el arte, pero las fiestas interminables, sólo para
impresionar a las amistades de mi mujer, todas aquellas joyas y
extravagancias, me hacen correr frío por la espalda, pues temo haber
ofendido algo sagrado con toda aquella presunción estéril. Que vuelva
entonces algo de eso a los desvalidos, que la casa entera quede para algún
correccional de menores. Esto último. Me parece un feliz hallazgo la
ocurrencia, pues al delito hay que favorecer frenarlo desde la infancia,
desde la raíz, y me pregunto ahora si yo mismo no habré prematuramente
germinado en la niñez mi propensión a la maldad. Me parece evidente que
sí, pero también, supe imprimirle después una hábil simulación,
abrazando una profesión en apariencia digna. ¿Qué placer podría haber
en defender criminales?, En tratar con la escoria de la tierra, en buscar
todo tipo de estratagemas para que aquellas bestias, culpables de mil
formas de la barbarie más horrenda, caminen entre los seres bondadosos y
castos. Me he pasado horas en la inmundicia de las cárceles, pensando
como minimizar la condena de algún criminal, he compartido meses enteros
con quienes intoxicaban adolescentes por ganancias, ayudándolos, siendo
su confidente, consolándolos en el tormento de sus jaulas o el de saberse
cercados. He abrazado a asesinos de niños y les he prometido una pronta
liberación, pues había hallado algún resquicio en la ley. Yo compartí
su alegría, yo los alentaba en la esperanza de su libertad, yo permitía
que su maldad encerrada volara y que sus ojos de carnicero pudieran ver
cual sería el próximo cervatillo sobre el que se posarían sus colmillos
afilados. Y
aunque gane montones de dinero en ese barro, aunque adoraba el lujo y la
posición social en la que me encumbraba, había unos rumores de
satisfacción silenciosa y tangencial, como un eco profundo, más allá de
lo comprensible por la razón, que retumbaba desde lo hondo, como el
sonido de un tambor africano, en mitad de la jungla oscura y húmeda,
llevando un mensaje primitivo y bestial desde las sombras hasta las
avanzadas de la civilización. Me convertí en juez y aquel tambor seguía
sonando, ya aumentado su frenesí hasta el ritmo de la fiesta pagana, del
momento de sacrificar, junto al fuego de la hoguera, la víctima impávida
por atadura y miedo. Pero aún no leía en ese sonido ningún mensaje y el
repelente contacto con la podredumbre humana me lo presentaba como una
necesidad ingrata del oficio. Yo los escuchaba, yo los entendía y una
indulgencia malsana, una tolerancia inaceptable hacia la crueldad, revestía
mis palabras y mis emociones más secretas. Empecé
a buscar cualquier argumento para visitar el medio donde vivían mis
clientes, que venían acomplejados hasta mi oficina de la calle Quintana,
extraviados, confusos entre los decorados exóticos y las mullidas
alfombras caras. Tenían siempre las caras desencajadas, vestidos con
trajes pasados de moda, de lana en pleno verano o de tela liviana en
invierno, con corbatas ofensivas, conseguidas de apuro para la entrevista
salvadora con su abogado. Sudaban balbuceando explicaciones desesperadas
buscando el milagro en un consejo. Pero
comencé a visitarlos yo, decía. Incursioné en barriadas miserables y sórdidas,
me hacía llevar por ellos, me hacía esperar en estaciones inmundas de
tren, me dejaba conducir por callejas malolientes hasta las cuevas en que
moraban y donde, en las penumbras, entre sueños envueltos en sabanas
sucias, habían surgido las perversas imaginaciones que guiaron después
el cuchillo o la bala. Franqueada
la entrada, el espectáculo era siempre repugnante, como meter adrede la
boca en un líquido hediondo que nos llevara directamente hacia la nausea.
Siempre lo mismo, aquel, con cinco hijos harapientos, saliendo de a uno de
las piezas, para ver al raro individuo trajeado que había entrado en la
casilla, el otro, todavía un chiquilín, ya homicida, hacía venir a su
mujer, de quince anos, encinta de varios meses para que lo ayude a
explicarse sobre su inocencia. Mugre por todos lados, caras sucias, restos
de guiso sobre la mesa en que firmábamos las declaraciones, olores de
hervores que mareaban y ninguna canilla cerca donde lavarse. También ese
empezó a ser mi mundo. Yo quise que lo fuera. Algunos de mis colegas, me
alabaron, hablaban de mi compromiso por llegar a la médula de la infección
social para comprenderla y curarla. Imbéciles, idiotizados de doctrinas,
no entendían nada. Nadie podía entender nada. Yo mismo, no tuve la
revelación sino hasta el juicio de Gastón Prado. Su indagación, nos había
dejado perplejos, aún a mí, que a los cincuenta anos, creía estar
inmunizado contra la repugnancia. Primero, la visita a la morgue judicial,
me mostró con crudeza cual había sido la obra de aquel ser sobre la
tierra. Cuatro mujeres, todas jóvenes, todas rubias, todas prostitutas,
me fueron presentadas sobre las camillas. Por aquella tarea, sería
recordado aquel individuo, por aquella carnicería deberíamos conocerlo,
rastrear en cada minúsculo detalle de su existencia y meterlo de por vida
en una celda, después de alimentar el morbo de las muchedumbres durante
semanas. Su obra estaba sintetizada en dos carpetas de cartulina marrón
que preparó la instrucción, una exposición que no dejaba ninguna duda.
Debía nada más expedirme sobre lo obvio. Sin embargo, lo indagué como
si el crimen, exigiera una interpretación minuciosa. Antes
de mi muerte, y evaluando estos acontecimientos, tengo la convicción de
que existen ciertos seres, cuyas existencias mínimas, actúan simplemente
para que las encontremos y nos asomemos con inocencia
sobre sus burdos actos, para que una pequeña llama emanada de
ellos, encienda en nosotros un incendio de fulgores largo tiempo
acariciados. El carcelero que abrió mi puerta secreta, fue aquel asesino
de mujeres, quien calmo como si estuviera esperando la comida, respondía
con silencios a casi todo lo que se le preguntaba, hasta que, después de
insistirle a destajo tratando de arrancarle el motivo de los crímenes, me
miró con una media sonrisa y dijo: “Por que se me dio la gana,
doctor”. Sin justificaciones, sin negar en ningún momento nada. Me
estremeció una forma de miedo desconocida, emanado de algún punto nunca
tocado de mis nervios y comenzó a atormentarme una fiebre que me obligó
a salir de la sala. Ya había pasado el momento de iluminación, solamente
ahora me reconocía. Lo
que sigue, es el relato de mi descenso a la locura, curiosamente también,
el único momento en que ninguna vacilación me turbaba, ninguna nube
opacaba mi convencimiento, a pesar de la culpa y del espanto que yo mismo
me inspiraba. Recuerdo sobre todo los viajes en tren, el pasar de los
resplandores luminosos desde la ventanilla. Era más fácil digerir
aquellas sensaciones en los lúgubres paisajes en que se convierten de
noche las zonas que rodean las vías, en los vagones desvencijados, donde
golpeaban las puertas nunca detenidas por picaportes defectuosos. Bajé en
la estación de Ciudadela, la más dejada, la menos iluminada y descubrí
el túnel que cruza bajo las vías del ferrocarril. ¿Existe algún lugar
más espantoso que este? Puede existir algo que conlleve más directamente
al miedo, después de percibir la oscuridad encerrada del pasadizo,
rescatada de las tinieblas sólo por una lamparilla medio destrozada?.
Pero como si algún artista macabro buscara la perfección en el aterrar,
el piso empapado de humedades repugnantes, la falta casi total de
presencia humana y el sonido estremecedor del paso de los trenes, disparan
en el ánimo una sensación de total desamparo y el frenético deseo de
salir, de no haber entrado nunca. Sin embargo, me quedé en la mitad del túnel
en tinieblas, palpando espantado la daga española sacada del vitroux de
las armas antiguas, atesoradas con pasión de maniático durante años.
Esperé durante larguísimos minutos sentado sobre aquel suelo inmundo,
apoyado contra la pared de diminutos azulejos helados. Al fin, escuché el
sonido de un tren que se detenía y después, unos pasos próximos. ¿Quién
podía atreverse a cruzar aquel pasadizo en mitad de la noche? Sin duda
alguien acostumbrado e inmune a aquella sordidez, uno de aquellos seres
sumidos en la oscuridad de los barrios miserables, que yo tantas veces había
tratado. La idea me tranquilizó, pues bien sabía que la mayoría de
ellos no merecía la menor compasión. Estaba próximo a liberarme y
despreciaba los pensamientos limitantes. Desenvainé la daga sintiendo el
corazón martillar enloquecido, sudaba preso de nuevo de aquella misma
fiebre. Pero aunque gotas saladas me nublaban la visión, quise ver antes
de dar el paso irreversible hacia la verdad. Todavía estoy viendo, estoy
viéndolo venir con un bolsito en la mano, el negro pelo brillante y húmedo,
la sorpresa plasmada en una mueca de espanto y un último intento de
retroceder hacia las escaleras del pasadizo. Estoy viendo las herramientas
desparramarse del bolso y los pequeños azulejos teñirse de oscuro, el
cuerpo enorme desplomándose sobre las sucias humedades. Corrí en
completa calma hacia el interior de aquel suburbio y caminé perdido
durante horas. Solo pude volver a reflexionar a la mañana siguiente,
cuando después de mi café, el secretario me alcanzaba los expedientes y
se preocupaba por mi salud visiblemente deteriorada. Tenía ojeras
profundas y estaba completamente extenuado. Me reconfortó la preocupación
de aquel joven y pude finalmente concentrarme en mi trabajo. Quiero
que estas líneas expliquen con toda claridad que los incidentes que
siguieron al homicidio de Ciudadela, fueron igualmente inmotivados en el
sentido racional del término. Quiero revelarles, como me lo descubrieran
a mí: no es necesaria una justificación para matar. Es solamente haber
entendido, después de años, el mensaje de aquel tambor del que hablaba,
de aquel sonido primitivo cuyo significado me había sido vedado y que se
me aparecía ahora con toda claridad. Buscar
la verdad total, oculta en las profundidades del espíritu, es
posiblemente la peor forma de la locura, querer vivir como auténticas
aquellas ensoñaciones malsanas, es señal de completa descomposición.
Por eso digo que ya no tengo remedio. Absurdamente, solo me consterna ahora que mi sangre pudiera salpicar alguno de los cuadros que tengo aquí, en el escritorio en que redacto esta ultima carta.
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